Nana
Nana —SÃ.
—¿Cuánto?
—Mil quinientos luises, entre unos y otros.
Viendo que Nana trataba de oÃrles, se callaron. A Vandeuvres, muy nervioso, parecÃa que le llameaban los ojos, como cuando algunas noches él mismo se estremecÃa diciéndose que incendiarÃa su cuadra con los caballos y él dentro. Al atravesar la pista, ella bajó la voz y le tuteó.
—Dime, explÃcate… ¿Por qué la cotización de tu potranca sube tanto? Eso tiene a la gente muy intrigada.
Vandeuvres se estremeció, y murmuró:
—SÃ, lo de siempre… Apuestan al tuntún. Cuando tengo un favorito, todos se echan encima y no dejan nada para mÃ. Y cuando un outsider es solicitado, maldicen y gritan como si los degollasen.
—Pero tú debiste prevenirme; he apostado —repuso ella—. ¿Hay algunas probabilidades?
Una cólera repentina le arrebató sin motivo.
—¡Oh, déjame en paz! Todos los caballos tienen probabilidades. La cotización sube porque hay tomador. ¿Quién? No lo sé… Prefiero dejarte si has de fastidiarme con esas preguntas idiotas.
Este tono no entraba ni en su temperamento ni en sus costumbres.