Nana
Nana Ella se quedó más asombrada que ofendida. Él, por otra parte, se quedó avergonzado, y como ella le rogó con sequedad que fuese cortés, él se excusó.
Desde hacía algún tiempo tenía esos bruscos cambios de humor. En el París galante y mundano nadie ignoraba que ese día se jugaba su última carta.
Si sus caballos no ganaban, harían perder cantidades bastante importantes apostadas a favor de ellos, y ocurrirían un desastre, un desmoronamiento; el andamiaje de su crédito, que aparentemente era sólido, estaba minado por debajo, roído por el desorden y las deudas, y se hundirían en una ruina espantosa.
Y Nana, lo que tampoco ignoraba nadie, era la devoradora de hombres que habían acabado como él, llegando la última a aquella fortuna que se tambaleaba, quemando lo que quedaba. Se contaban caprichos locos, de oro arrojado al viento, de una excursión a Baden, donde ella le dejó sin que pudiese ni pagar el hotel; de un puñado de diamantes arrojados a un brasero, en una noche de borrachera, para ver si ardían como el carbón. Poco a poco, con su incitante cuerpo, con sus risas canallas de arrabalera, se había impuesto a aquel vástago, tan empobrecido y tan fino, de una antigua raza.