Nana

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En aquellos momentos él lo arriesgaba todo, tan dominado por su pasión por lo estúpido y lo sucio, que había perdido hasta la fuerza de su escepticismo. Ocho días antes, ella se había hecho prometer un castillo en la costa normanda, entre Le Havre y Trouville, y él ponía su último honor en cumplir su palabra. Con la particularidad de que ella le irritaba, y la habría golpeado de tan imbécil que la encontraba.

El guardián les había dejado entrar en el recinto del pesaje, no atreviéndose a prohibir el paso a una mujer que iba del brazo del conde. Nana, muy envanecida por poner el pie en aquel terreno prohibido, se estudiaba y caminaba con lentitud ante las señoras sentadas al pie de las tribunas. Repartido entre las diez filas de sillas había un espesor de lujosos vestidos que mezclaban sus colores vivos con la alegría del aire libre; las sillas se separaban, se formaban corros familiares al azar de los encuentros, como bajo el arbolado de un jardín público, con los pequeños sueltos, corriendo de un grupo a otro, y, más altas, las tribunas exhibían sus graderíos abarrotados, donde las telas claras se fundían en la sombra fina del maderamen.

Nana miraba abiertamente a las señoras, como miró con fijeza a la condesa Sabine. Luego, cuando pasaba por delante de la tribuna imperial, el ver a Muffat de pie junto a la emperatriz, con su tiesura oficial, le regocijó.


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