Nana

Nana

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—¡Oh, qué aspecto tan estúpido! —le dijo en voz alta a Vandeuvres.

Lo quería ver todo. Aquel rincón del parque, con sus céspedes y sus macizos de árboles, no le pareció tan alegre. Un heladero había instalado un puesto cerca de las verjas. Bajo un toldo rústico y cubierto de paja, unos grupos gritaban y gesticulaban; era el sitio de las apuestas.

Al lado se veían las cuadras vacías, y desilusionada, Nana no vio otro caballo que el de un gendarme.

Luego seguía una pista de cien metros de circuito, donde un mozo de cuadra paseaba a «Valerio II» enmantado.

Y muchos hombres en la grava de las alamedas, con la mancha naranja de su contraseña en el ojal, y un paseo continuo de gentes por las galerías abiertas de las tribunas, lo que a Nana sólo le interesó un minuto, porque realmente no valía la pena atormentarse si le prohibían entrar allí.

Daguenet y Fauchery, que pasaban, la saludaron. Ella les hizo una seña y tuvieron que acercársele. Les criticó el recinto de pesaje; luego se interrumpió:

—Vaya, el marqués de Chouard; cómo ha envejecido. Se está acabando ese viejo. ¿Continúa igual de rabioso?


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