Nana
Nana Entonces Daguenet contó el último golpe del viejo, una hazaña de dos días antes que aún no sabía nadie. Después de acosarla durante meses, acababa de comprar a Gagá a su hija Amélie, por treinta mil francos, decían.
—Es propio de ellos —exclamó Nana indignada—. ¡Tener hijas para eso! Pero ahora veo… aquélla debe de ser Lili; ahí abajo, en el césped, en un cupé con una señora. También conozco esa cara. El viejo la habrá sacado.
Vandeuvres no escuchaba, impaciente y deseoso de desembarazarse de ella. Pero como Fauchery le dijo al marcharse que si no había visto los bookmakers no había visto nada, el conde tuvo que acompañarla, a pesar de su visible repugnancia.
Nana se puso muy contenta; en efecto, aquello era curioso. Una rotonda se abría entre céspedes bordeados de castaños nuevos, y allí, formando un amplio círculo bajo el verde ramaje, los bookmakers, en línea compacta, esperaban a los apostadores, como en una feria.