Nana

Nana

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Un murmullo creció como un suspiro que se hinchaba. Algunas manos aplaudieron, pero todos los gemelos estaban fijos en Venus. Poco a poco Nana se había apoderado del público, y ahora cada hombre padecía su dominio. El aliento que exhalaba, igual que un animal retozón, se extendía cada vez más hasta llenar el ambiente. En aquellos instantes sus más ligeros movimientos provocaban el deseo y enardecía la carne con un simple gesto del meñique. Las espaldas se arqueaban, vibrando como si arcos invisibles rozasen sus músculos; las nucas mostraban el pelo que se agitaba bajo alientos tibios y errantes, surgidos de no se sabía qué boca femenina. Fauchery veía delante al colegial escapado, a quien la pasión levantaba de su asiento.

Tuvo la curiosidad de fijarse en el conde de Vandeuvres, muy pálido, mordiéndose los labios; en el gordo Steiner, cuyo rostro apoplético estaba a punto de estallar; en Labordette, mirando por sus gemelos con aire sorprendido de chalán que admira una brava yegua; en Daguenet, cuyas orejas enrojecidas se movían de gozo. Luego, por un instante, echó una mirada hacia atrás, y se quedó asombrado ante lo que percibió en el palco de los Muffat: tras la condesa, blanca y seria, se erguía el conde, boquiabierto y con el rostro jaspeado de manchas rojas; junto a él, en la sombra, los ojos turbados del marqués de Chouard se habían vuelto dos ojos de gato, fosforescentes, salpicados de oro.


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