Nana
Nana Unas voces disputando las hicieron levantarse. Era Georges que defendÃa a Vandeuvres contra los rumores que circulaban por los grupos.
—¿Por qué decir que abandona su caballo? —gritaba el jovencito—. Ayer mismo, en el salón de las carreras, apostó por «Lusignan» mil luises.
—SÃ, yo estaba allà —afirmó Philippe—. Y no puso ni uno sobre Nana… Si Nana está a diez, no es por él. Es ridÃculo atribuir a la gente tantos cálculos. ¿Qué interés tendrÃa en ello?
Labordette escuchaba con gesto tranquilo, y encogiéndose de hombros dijo:
—Dejadlo ya, de algo tienen que hablar… El conde todavÃa acaba de apostar quinientos luises por lo menos por «Lusignan», y si ha jugado un centenar de luises por «Nana», es porque un propietario siempre debe tener el aspecto de que confÃa en sus caballos.
—¡Y… silencio! ¡Qué nos importa todo eso! —clamó Héctor de la Faloise agitando los brazos—. Si es «Spirit» el que gane… ¡Abajo Francia! ¡Bravo por Inglaterra!
Un largo estremecimiento sacudió a la multitud mientras repicaba nuevamente la campana y anunciaba la llegada de los caballos a la pista. Entonces Nana, para ver bien, se subió a la banqueta de su landó, aplastando con los pies los ramos de miosotas y de rosas.