Nana

Nana

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Llegaba en un buen momento. ¡Atención, aquello empezaba! Y el champaña se olvidó, se dejó de beber.

Pero Nana se quedó sorprendida al encontrar a Gagá en su coche, con Bijou y Louiset sobre sus rodillas; Gagá estaba decidida a reconquistar a Héctor de la Faloise, pero había acudido diciendo que había querido besar al pequeño. Ella adoraba a los niños.

—A propósito, ¿y Lili? —preguntó Nana—. ¿No era ella, precisamente, a quien he visto allá en el coche de ese viejo? Acaban de contarme una cosa muy graciosa.

Gagá había adoptado un gesto desolado.

—Querida, estoy mal —dijo ella con dolor—. Ayer tuve que quedarme en cama de tanto como lloré, y hoy no creí poder venir. Tú ya sabes cuál era mi opinión, Nana. Yo no quería; la hice educar en un convento para casarla bien. Y le he dado consejos severos, y una vigilancia continua… Pues ha sido ella quien ha querido. ¡Oh…! Tuvimos una escena, lágrimas, palabras desagradables, hasta le di una bofetada. Ella se aburría y quería divertirse… Entonces, cuando me dijo: «Después de todo, no eres tú quien tiene derecho a impedírmelo», yo le contesté: «Tú eres una miserable, tú nos deshonras; ¡vete!». Y… ya lo ves; he consentido en arreglar eso… Pero aquí tienes mi última esperanza fracasada; yo, que había soñado, ¡ay! con cosas tan bellas.


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