Nana
Nana Y lo encontró horriblemente feo. Todos los jockeys tenían aspecto de cretinos; sin duda, decía, porque les impedían crecer. Aquél, un hombre de unos cuarenta años, parecía un niño viejo disecado, con un largo rostro delgado, cruzado de pliegues, duro y muerto. El cuerpo era tan nudoso y tan reducido, que la casaca azul con mangas blancas parecía echada sobre un tronco.
—No; compréndelo —repuso ella al marcharse—; no me haría feliz.
Un tropel aún abarrotaba la pista, cuya hierba, mojada y pisoteada, había quedado negra. La multitud se apelotonaba delante de dos tableros indicadores muy altos, sobre una columna de hierro fundido; levantaban la cabeza y acogían con un murmullo cada número de caballo, que un hilo eléctrico, unido a la sala de peso, hacía aparecer. Los señores tomaban apuntes en sus programas; «Pichenette», retirada por su propietario, levantó murmullos.
Nana no hizo más que atravesar del brazo de Labordette cuando la campana, colgada de un mástil, sonaba con persistencia para que saliesen de la pista.
—Queridos —dijo Nana subiendo a su landó—, es un camelo ese recinto de pesaje.
Se la aclamaba, se aplaudía alrededor suyo: «¡Bravo, Nana! Nana nos ha sido devuelta». ¡Qué bestias eran! ¿Era que la tomaban por una descastada?