Nana
Nana Nana, que no comprendÃa nada de las palabras susurradas por el conde, no se atrevió a pedirle nuevas explicaciones. Vandeuvres parecÃa más nervioso y la confió bruscamente a Labordette, a quien encontraron ante la sala de pesaje.
—Usted la acompaña —dijo—. Yo tengo que hacer… Hasta luego.
Y entró en la sala, una estancia pequeña y de techo bajo, con una gran báscula. Era como una sala de equipajes en una estación local. Nana tuvo una gran decepción, pues habÃa supuesto un sitio muy grande y una máquina monumental para pesar caballos. ¿Cómo? ¿No se pesaba más que a los jockeys? Entonces no valÃa la pena alardear tanto con su peso. Un jockey estaba en la báscula con aire estúpido y los arneses sobre las rodillas, en espera de que un hombre gordo de levita verificase su peso, mientras un mozo de cuadra, en la puerta, le tenÃa el caballo, Cosinus, alrededor del cual se apelotonaba la gente, silenciosa y absorta.
Se iba a cerrar la pista. Labordette apuraba a Nana, pero volvió sobre sus pasos para señalarle a un hombrecillo que hablaba con Vandeuvres aparte.
—Mira, ahà tienes a Price —le dijo.
—SÃ, ese es el que me monta —murmuró ella riéndose.