Nana
Nana Ahora que intentaba fortuna en las carreras con fondos de origen dudoso, el conde trataba de empujarle, encargándole sus apuestas secretas y tratándole siempre como un criado ante el que nada se oculta.
A pesar de esa protección, aquel hombre habÃa perdido, golpe tras golpe, sumas muy grandes, y también aquel dÃa se jugaba su carta suprema, los ojos inyectados en sangre, reventando de apoplejÃa.
—¿Qué, Maréchal? —preguntó en voz baja Vandeuvres—. ¿Hasta cuánto ha dado?
—Hasta cinco mil luises, señor conde —respondió el hombre bajando la voz—. Resulta bonito… Le confesaré que he bajado la cotización; la he puesto a tres.
Vandeuvres se mostró contrariado.
—No, no; no quiero eso; póngala a dos en seguida. No le diré nada, Maréchal.
—Ahora, ¿qué le puede significar eso al señor conde? —repuso el otro con una sonrisa humilde de cómplice—. Me hacÃa falta atraer a la gente para darle sus dos mil luises.
Entonces Vandeuvres le hizo callar. Pero cuando se alejaba, Maréchal, ante un recuerdo, lamentó no haberle preguntado sobre la subida de su potranca. Estaba listo si la potranca tenÃa probabilidades, él que acababa de darla por doscientos luises a cincuenta.