Nana

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Y más lejos aún, alrededor del hipódromo, dominaba la llanura. Detrás del molino cubierto de hiedra, a la derecha, había una pradera cortada por grandes sombras, y enfrente, hasta el Sena, al pie de la colina, se cruzaban las avenidas del parque, donde esperaban las hileras inmóviles de carruajes; luego, hacia Boulogne, a la izquierda, la región se alargaba de nuevo, abriendo un agujero sobre las azuladas lontananzas de Meudon, que limitaba una alameda de paulonías, cuyas cabezas rosa, sin una hoja, parecían un lienzo de laca viva.

Continuaba llegando gente; un hormiguero procedente de allá abajo, se arrastraba por la delgada cinta del camino, a través de las tierras, mientras que, muy lejos, del lado de París, el público que no pagaba, un rebaño acampando en los ribazos, ponía una línea movediza de puntos sombríos en la entrada del bosque, bajo los árboles.

Pero la alegría enardeció de repente a las cien mil almas que cubrían aquel trozo de campo con un bullicio de insectos, enloquecidos bajo el vasto cielo.

El sol, oculto desde hacía un cuarto de hora, volvió a aparecer, derramándose en un lago de luz. Y todo brilló de nuevo; las sombrillas de las mujeres eran como escudos de oro por encima de la muchedumbre. Se aplaudía al sol, lo saludaban con risas, y los brazos se agitaban como para apartar las nubes.


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