Nana
Nana Entretanto, el juez de paz se adelantaba solo en medio de la desierta pista. Más arriba, hacia la izquierda, apareció un hombre con una bandera roja en la mano.
—Es el starter, el barón de Mauriac —respondió Labordette a una pregunta de Nana.
Alrededor de la joven, entre los hombres que se apiñaban hasta en los estribos de su carruaje, surgÃan exclamaciones y se mantenÃa una conversación incoherente, con palabras lanzadas bajo el efecto inmediato de las impresiones. Philippe y Georges, Bordenave y Héctor no podÃan callarse.
—¡No empujen tanto! ¡Déjenme ver! El juez entra en su garita… ¿Dice que es el señor de Souvigny? Se necesitan buenos ojos para precisar el tamaño de su nariz… ¡Cállese; ya levantan la oriflama! Ahà están, ¡atención! Cosinus va primero.
Una bandera amarilla y roja flameaba en el aire, en lo alto de su mástil. Los caballos llegaron uno por uno, conducidos por sus mozos de cuadra, los jockeys detrás de los animales y con los brazos colgantes, formando manchas claras al sol.