Nana
Nana Después de Cosinus aparecieron «Hasard» y «Boum». Luego un murmullo acogió a «Spirit», un bayo cuyos colores, limón y negro, tenían una tristeza británica. «Valerio II» tuvo un gran éxito a su entrada: pequeño, vivo, en verde suave con listas rosa. Los dos de Vandeuvres se hacían esperar. Por fin, detrás de Frangipane con colores azul y blanco, se presentaron. Pero «Lusignan», un bayo muy oscuro, de una forma irreprochable, casi fue olvidado ante la sorpresa que causó «Nana».
Nunca se la había visto así; el rayo de sol doraba a la potranca alazana con rubicundez de muchacha rojiza. Relucía a la luz como un luis nuevo: el pecho ancho, la cabeza y el cuello ligeros, con el movimiento nervioso y fino de su robusto lomo.
—Vaya, tiene mis cabellos —gritó Nana extasiada—. ¿Saben que estoy orgullosa?
Subían al landó. Bordenave casi se puso en pie encima de Louiset, a quien su madre olvidaba. Lo cogió con gruñidos paternales y se lo subió a un hombro, murmurando:
—Este pobre chico también tiene derecho a verlo… Espera, que voy a enseñarte a mamá… Allá abajo, mira el caballo.