Nana
Nana Y como Bijou le rascase las piernas, también lo cogió, mientras Nana, dichosa de que aquel animal llevase su nombre, echó una mirada a las otras mujeres para ver qué cara ponÃan. Todas rabiaban. En aquel instante, en su fiacre, la Tricon, inmóvil hasta entonces, agitaba las manos y daba las órdenes a un bookmaker, por encima de la muchedumbre. Su olfato acababa de hablar: apostaba por «Nana». Sin embargo, Héctor de la Faloise armaba un ruido insoportable. Se encaprichaba con Frangipane.
—Tengo una inspiración —repetÃa—. Miren a ese Frangipane. ¿Eh? ¡Qué movimientos…! ¡Cojo a Frangipane a ocho! ¿Quién da?
—Conténgase —acabó por decir Labordette—. No hará más que lamentarse.
—Una engañifa ese Frangipane —replicó Philippe—. Está empapado… Ya lo verá en el galope de ensayo.
Los caballos habÃan subido hacia la derecha, y partieron para el galope de ensayo, pasando en desbandada por delante de las tribunas. Entonces hubo un nuevo apasionamiento y todos hablaban a la vez.