Nana
Nana Los espectadores, ya en pie, se dirigieron a las puertas. Se nombró a los autores y hubo dos llamadas en medio de una tempestad de bravos. El grito de ¡Nana! ¡Nana! lo llenó todo. Luego, sin estar aún vacía, la sala quedó casi en tinieblas; la batería se apagó, la lámpara redujo su luz y largas cortinas de tela gris se deslizaron por los proscenios, envolviendo los dorados de las galerías, y aquella sala, tan cálida, tan enardecida, cayó de repente en un pesado letargo mientras se esparcía un vaho de moho y de polvo. La condesa de Muffat, en la barandilla de su palco, esperaba que la muchedumbre saliese; en pie, envuelta en pieles, miraba la sombra.