Nana
Nana No obstante, aún continuaba descendiendo gente. Héctor esperaba a Clarisse. Fauchery había prometido recoger a Lucy Stewart, con Caroline Héquet y su madre. Llegaron y ocuparon un rincón del vestíbulo, riendo muy alto, cuando salieron los Muffat con su aire glacial. Bordenave acababa de empujar una puertecita y en aquellos momentos obtenía de Fauchery la promesa formal de una crónica. Estaba sudoroso, rojo el rostro y como embriagado por el éxito.
—Con esto tendrá para doscientas representaciones —le dijo con galantería Héctor de la Faloise—. Todo París desfilará por su teatro.
Pero Bordenave, enfadándose, señaló con un brusco movimiento de su barbilla al público que llenaba el vestíbulo, aquella aglomeración de hombres con los labios secos, las miradas ardientes y dominados todavía por el deseo de poseer a Nana, y le replicó con violencia:
—Dirás por mi burdel, ¡maldito testarudo!