Nana
Nana Nana dormía boca abajo, estrechando entre sus brazos desnudos la almohada, en la que hundía su rostro vencido de sueño. El dormitorio y el cuarto de aseo eran las dos únicas piezas que un tapicero del barrio había arreglado. Cierta claridad se deslizaba bajo un cortinaje, y se distinguían los muebles de palisandro, las cortinas y las sillas forradas en damasco bordado con grandes flores azules sobre fondo gris. Pero en la tibieza de aquella alcoba adormecida, Nana se despertó sobresaltada, como sorprendida al sentir el vacío a su lado. Miró el almohadón que había junto al suyo, con el hueco aún caliente de una cabeza en medio de sus bordados. Y tentando con la mano, alcanzó el botón del timbre eléctrico de su cabecera.
—¿Así que se marchó? —preguntó a la doncella al acudir a su llamada.
—Sí, señora; el señor Paul se ha ido hace unos diez minutos. Como la señora estaba fatigada, no ha querido despertarla. Pero me ha encargado que le dijese a la señora que vendrá mañana.
Mientras hablaba, Zoé, la doncella, abrió las persianas, y la claridad del día inundó el dormitorio. Zoé, muy morena, peinada con muchos ricitos, tenía el rostro alargado, un hocico de perro, lívido y con unos costurones, la nariz aplastada, gruesos labios y ojos negros que no cesaba de mover.