Nana
Nana —Mañana, mañana —repetÃa Nana, aún medio dormida—. ¿Es ese el dÃa, mañana?
—SÃ, señora; el señor Paul siempre ha venido los miércoles.
—¡Ah, no! Ahora que recuerdo —exclamó la joven, sentándose en el lecho.
Todo ha cambiado. QuerÃa decirle eso esta mañana. Se encontrará con el negrillo, y tendremos un escándalo.
—La señora no me previno, y yo no podÃa saberlo —murmuró Zoé—. Cuando la señora cambie sus dÃas, hará bien en avisarme, para que yo sepa… Entonces, el viejo tacaño, ¿ya no viene los martes?
Entre ellas llamaban asÃ, sin reÃrse, viejo tacaño y negrillo a los dos hombres que pagaban: un comerciante del arrabal de Saint-Denis, de natural ahorrativo, y a cierto valaco, un pretendido conde cuyo dinero, siempre muy irregular, tenÃa un extraño olor. Daguenet se hizo conceder los dÃas que seguÃan a los del viejo tacaño; como el comerciante tenÃa que estar temprano en su casa, a las ocho, el joven espiaba su salida desde la cocina de Zoé, y ocupaba su puesto, aún caliente, hasta las diez, y luego también él se iba a sus asuntos. Nana y él encontraban esto muy cómodo.
—Tanto peor —dijo Nana—. Le escribiré esta tarde, y si no recibe mi carta, mañana no le dejarás entrar.