Nana
Nana Esto consumó la reconciliación. Muffat sintió un verdadero alivio en sus remordimientos.
Precisamente ese mismo día, cuando Nana dormía, hacia las diez, Zoé se permitió llamar a la puerta de su alcoba. Las cortinas estaban echadas, un soplo cálido penetraba por la ventana en medio del frescor silencioso de una media luz. Nana se levantaba entonces, aunque todavía algo débil, y, abriendo los ojos, preguntó:
—¿Quién es?
Zoé iba a responder. Pero Daguenet, forzando la entrada, se anunció él mismo. Nana se acodó sobre la almohada y despidió a la doncella.
—¿Cómo? ¿Eres tú? ¡Tú, el día que te casas…! ¿Qué ha sucedido, pues?
Él, sorprendido por la penumbra, permaneció en medio de la estancia. No obstante, al acostumbrarse a la escasa claridad, avanzó, en frac, corbata y guantes blancos. Y repitió:
—Pues sí, soy yo… ¿Ya no te acuerdas?
No, ella no se acordaba de nada. Él tuvo que ofrecerse abiertamente, con su aire bromista.
—Aquí está tu corretaje… Te traigo el estreno de mi inocencia.
Entonces, como estaba al borde de la cama, ella lo tomó entre sus brazos desnudos, sacudida por una gran risa y casi llorando, de tan gentil que encontraba aquello por su parte.