Nana

Nana

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Entre los borrachos de los arrabales, las familias corrompidas acaban en la negra miseria, en la despensa sin pan y en la locura del alcohol que vacían los colchones. Pero aquí, en el desmoronamiento de tantas riquezas, amontonadas y encendidas de golpe, el vals doblaba por una antigua raza, mientras Nana, invisible, se extendía por encima del baile con sus miembros flexibles para descomponer aquel mundo, saturándolo con el fermento de su olor flotante en el cálido ambiente, con el canallesco ritmo de la música.

La noche del matrimonio en la iglesia, el conde Muffat se presentó en el dormitorio de su esposa, en el que no había entrado desde hacía dos años.

La condesa, muy sorprendida, retrocedió al verle. Pero tenía su sonrisa, esa sonrisa de embriaguez que no la abandonaba nunca. Él, muy molesto, balbucía. Entonces ella le predicó un poco de moral. Pero ni uno ni otro se arriesgaron a una explicación abierta. La religión era lo que exigía aquel perdón mutuo; de todas maneras, quedó convenido, por acuerdo tácito que los dos conservarían su libertad.

Antes de acostarse, como la condesa parecía vacilar un poco, hablaron de negocios. Él fue el primero en hablar de vender las Bordes. Ella consintió inmediatamente. Tenían grandes necesidades y se repartirían el producto.


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