Nana

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Pero el vals seguía desarrollando su balanceo de risueña voluptuosidad. Era una continuidad del más alto placer, golpeando el viejo palacio como una marea creciente. La orquesta desgranaba los trinos de sus flautines, los suspiros desmayados de sus violines, y bajo los terciopelos de Génova, los oros y las pinturas, las arañas desprendían un calor viviente, un polvillo de sol, mientras la multitud de invitados, multiplicada por los espejos, parecía alegrarse con el murmullo creciente de sus voces.

Alrededor del salón pasaban las parejas, las manos en la cintura, entre las sonrisas de las mujeres sentadas, acentuando más el movimiento del piso. En el jardín, un resplandor de ascua salido de los farolillos venecianos alumbraba con un lejano reflejo de incendio las negras sombras de los paseantes que buscaban un poco de aire en el fondo de las alamedas. Y ese estremecimiento de las paredes, esa nube roja, era como la última llamarada en que crujía el antiguo honor, quemando la casa por sus cuatro costados.

Las jovialidades tímidas, entonces apenas esbozadas, que Fauchery, en una velada de abril, había oído quebrarse como el sonido de un cristal que se rompe, se fueron enardeciendo poco a poco, enloqueciéndose hasta un estallido de fiesta. Ahora el resquebrajamiento aumentaba, llenaba la casa de grietas y anunciaba su próximo desmoronamiento.


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