Nana
Nana En este momento Muffat ya no dudaba; era un último resto de dignidad desmoronándose. Fauchery, aliviado en su miedo, viendo la alegre jovialidad de la condesa, sintió deseos de reÃr. Aquello le parecÃa cómico.
—Esta vez sà que se arma —exclamó Héctor, que no se ahorraba una broma si la creÃa buena—. Nana está allÃ; ¿no ven cómo entra?
—Cállate, idiota —murmuró Philippe.
—Cuando yo lo digo… Interpretan su vals, y toma: ella llega… ¿Cómo? ¿Aún no la ven? Ella los estrecha a los tres contra su corazón, a mi primo, a mi prima y a su esposo, llamándolos sus gatitos. A mà me conmueven estas escenas de familia.
Estelle se habÃa acercado. Fauchery la felicitaba, mientras ella, tiesa en su vestido rosa, le contemplaba con su aire asombrado de chiquilla silenciosa, entre las miradas que dirigÃa a su padre y a su madre.
Daguenet también cambió un cálido apretón de manos con el periodista. Formaban un grupo sonriente, y detrás de ellos, el señor Venot los envolvÃa en una mirada beatÃfica, llena de su dulzura devota, dichoso de estos últimos abandonos que preparaban los caminos de la Providencia.