Nana
Nana —El conde no le ha visto —murmuró Georges—. Esperen. Ahora se vuelve… Ya está.
La orquesta empezaba a repetir el vals de La Venus Rubia. Primero Fauchery habĂa saludado a la condesa, que sonreĂa como siempre, extasiada en su serenidad. Luego se habĂa quedado un instante inmĂłvil, detrás del conde, esperando muy tranquilo.
Aquella noche el conde conservaba su altiva seriedad, la apariencia oficial de gran dignatario. Cuando al fin se fijĂł en el periodista, aĂşn exagerĂł su actitud majestuosa. Durante algunos segundos los dos hombres se contemplaron. Y fue Fauchery el primero que alargĂł la mano. Muffat le dio la suya. Sus manos permanecieron una sobre otra, mientras la condesa sonreĂa delante de ellos, los párpados bajos, y el vals continuaba desarrollando su ritmo de burlona picardĂa.
—La cosa marcha —dijo Steiner.
—¿Se han pegado sus manos? —preguntó Foucarmont, sorprendido por lo que duraba el apretón.
Un invencible recuerdo infundĂa un fulgor rosado en las mejillas pálidas de Fauchery. VolvĂa a ver el almacĂ©n de accesorios, con su claridad verdosa y aquel desorden lleno de polvo, y Muffat se encontraba allĂ con la huevera en la mano, abusando de sus dudas.