Nana

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Por la mañana, en una discusión, Rose le había confesado abiertamente el envío de la carta; sí, podía presentarse en casa de su señora del gran mundo, que sería bien recibido. Después de largas cavilaciones se había decidido a presentarse valerosamente. Pero la imbécil broma de Héctor de la Faloise le inquietaba, a pesar de su aparente tranquilidad.

—¿Qué tiene? —le preguntó Philippe—. Parece que está disgustado.

—¿Yo? En absoluto… He trabajado; por eso llego tarde.

Luego, fríamente, con uno de esos heroísmos ignorados que desenlazan las vulgares tragedias de la existencia, añadió:

—Aún no he saludado a los señores de la casa… Hay que ser educado.

Incluso se atrevió a bromear, y se volvió hacia Héctor:

—¿No es así, idiota?

Y se abrió paso entre la multitud. La voz sonora del criado ya no anunciaba más nombres. Sin embargo, junto a la puerta, aún conversaban el conde y la condesa, retenidos por unas señoras que entraban.

Por fin se reunió con ellos, mientras aquellos señores permanecían en lo alto de la escalinata del jardín, empinándose para ver la escena. Nana debía de haber charlado con ellos.


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