Nana

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Desde que su herencia le daba un aplomo insolente, afectaba burlarse de Fauchery, conservando un antiguo rencor que satisfacer, deseando vengarse de las bromas de otros tiempos, cuando acababa de llegar de su provincia.

—Sí, esa señora de los encajes.

El periodista se empinaba, sin comprender.

—La condesa —acabó por decirle.

—Exacto, muy bien… He apostado diez luises. ¿Tiene muslos?

Y se echó a reír, encantado por haber dado este chasco a aquel que en otros tiempos le asombraba, preguntándole si la condesa no se acostaba con nadie. Pero Fauchery, sin extrañarse lo más mínimo, le miró con fijeza.

—¡Idiota! —soltó al fin, encogiéndose de hombros.

Luego distribuyó apretones de mano a aquellos señores, mientras Héctor, desconcertado, no estaba seguro de haber dicho una gracia.

Se charlaba. Desde las carreras, el banquero y Foucarmont formaban parte del grupo de la avenida de Villiers. Nana se encontraba mucho mejor, el conde iba cada noche a informarse de su estado. No obstante, Fauchery, que escuchaba, parecía preocupado.


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