Nana

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Entonces las dos hablaron seriamente. Le debían tres trimestres, y el casero pensaba echarla. Además, había una serie de acreedores: un alquiler de coches, una modista, un zapatero, un carbonero, y otros que acudían todos los días y se sentaban en un banquillo de la antesala; el carbonero era el más insolente, gritando en la escalera. Pero la verdadera tristeza de Nana era su pequeño Louis, un hijo que tuvo a los dieciséis años y que dejara en casa de su nodriza, en un pueblo de los alrededores de Rambouillet. Esa mujer exigía trescientos francos para devolverle a su Louiset. Presa de una crisis de amor maternal desde su última visita al pequeño, Nana se desesperaba por no poder realizar el proyecto que era su obsesión: pagar a la nodriza y dejar al pequeño en casa de su tía, la señora Lerat, en Batignolles, adonde ella iría a verlo siempre que quisiera.

No obstante, la doncella insinuaba que la señora debía confiar sus necesidades al viejo tacaño.

—¡Oh, se lo he dicho tantas veces…! —exclamó Nana—, y siempre me ha contestado que tiene muchos vencimientos. No pasa de sus mil francos mensuales… Y ahora el negrillo no levanta cabeza; creo que ha perdido en el juego. Y el pobre Mimí necesita que le presten a él; la baja le ha dejado seco, y ni siquiera puede traerme flores.


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