Nana

Nana

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Hablaba de Daguenet. En el abandono de su despertar, no tenía secretos para Zoé y ésta, acostumbrada a sus confidencias, las recibía con una simpatía respetuosa. Puesto que la señora se dignaba hablarle de sus asuntos, ella se permitía decirle lo que pensaba. En primer lugar, quería mucho a la señora, y había abandonado expresamente a la señora Blanche, y bien sabía Dios lo que la señora Blanche hacía para que volviese a su lado. Sitios no le faltaban, pues era muy conocida. Pero ella se quedaría en casa de la señora, a pesar de sus apuros, porque creía en el futuro de Nana. Y acabó por precisar sus consejos. Cuando se es joven se hacen tonterías, pero ahora había que abrir los ojos porque los hombres no pensaban más que en divertirse. ¡Y llegarían muchos! La señora no tendría más que decir una palabra para calmar a los acreedores y para encontrar el dinero que necesitaba.

—Todo eso no me da los trescientos francos —repetía Nana, hundiéndose los dedos en los mechones de su cabellera—. Necesito trescientos francos para hoy, en seguida. Es un fastidio no encontrar a alguien que dé trescientos francos.




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