Nana
Nana Calculaba que habría enviado a Rambouillet a la señora Lerat, a quien precisamente esperaba aquella mañana. Su capricho contrariado le amargaba el triunfo de la víspera ¡Entre tantos hombres como la habían aclamado y no se encontraba uno que le entregase quince luises! Claro que no podía aceptar el dinero así como así. ¡Dios mío, qué desdichada era! Y siempre volvía a su bebé, que tenía unos ojos de querubín y balbuceaba «Mamá» con una vocecita tan graciosa que era para morirse de alegría.
En aquel momento se oyó la campanilla eléctrica de la puerta de entrada, con su vibración rápida y temblona. Zoé regresó murmurando en tono confidencial:
—Es una mujer.
Había visto más de veinte veces a aquella mujer, sólo que fingía no reconocerla e ignorar cuáles eran sus relaciones con las señoras en apuros.
—Me ha dicho su nombre… Señora Tricon.
—¡La Tricon! —exclamó Nana—. ¡Sí, ya la había olvidado! Hazla entrar.
Zoé introdujo a una señora ya vieja, muy alta, con tirabuzones y el aspecto de una condesa que acosa a los procuradores. Luego se esfumó, desapareció sin ruido, con el movimiento flexible del reptil, al salir de una habitación cuando introducía a un caballero. Por lo demás, hubiera podido quedarse. La Tricon ni se sentó. No hubo más que un breve cambio de palabras.