Nana
Nana —Tengo uno para usted, hoy… ¿Lo quiere?
—Sí… ¿Cuánto?
—Veinte luises.
—¿A qué hora?
—A las tres… Entonces, ¿asunto convenido?
—Convenido.
La Tricon habló inmediatamente del tiempo que hacía, un tiempo seco que invitaba a caminar. Aún tenía que ver a cuatro o cinco personas. Y se marchó consultando un librito de notas. Nana, al quedarse sola, pareció librarse de un gran peso. Un ligero estremecimiento le recorrió la espalda, se arrebujó en el lecho caliente, blandamente, con una pereza de gata friolenta. Poco a poco se le cerraron los ojos; sonreía ante la idea de vestir con un lindo traje a su Louiset al día siguiente; en el sueño que volvía a ella, aparecía su febril ensueño de toda la noche y un prolongado rumor de bravos acunó su lasitud.
A las once, cuando Zoé introdujo a la señora Lerat en su habitación, Nana aún dormía. Pero se despertó con el ruido y en seguida dijo:
—¿Eres tú? Hoy irás a Rambouillet.
—Vengo para eso —repuso la tía—. Hay un tren a las doce y veinte. Tengo tiempo de cogerlo.