Nana
Nana —No, no tendré el dinero tan pronto —advirtió la joven desperezándose y levantando el pecho—. Almorzarás y luego veremos. Zoé le trajo un peinador, diciéndole:
—Señora, el peluquero está aquÃ.
Pero Nana no quiso pasar al tocador y gritó:
—Entre, Francis.
Un señor, vestido correctamente, empujó la puerta. Saludó. En aquel preciso momento Nana salÃa del lecho, con las piernas al aire. No se inmutó, y alargó las manos para que Zoé pudiese meterle las mangas del peinador. Y Francis, muy correcto, esperaba sin volverse. Luego, cuando ella se sentó y él empezó a pasar el peine, dijo:
—Tal vez la señora no ha visto los periódicos… Hay un artÃculo muy bueno en Le FÃgaro.
HabÃa comprado el periódico. La señora Lerat se puso sus lentes y leyó el artÃculo en voz alta, de pie ante la ventana. ErguÃa su talle de gendarme, y su nariz se contraÃa cada vez que pronunciaba algún adjetivo galante. Se trataba de una crónica de Fauchery escrita a la salida del teatro: dos columnas muy cálidas, con una ingeniosa malicia para la artista y una brutal admiración para la mujer.
—Excelente —repetÃa Francis.