Nana

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Nana se reía de lo que bromeaba sobre su voz. Era muy amable aquel Fauchery; ya le recompensaría por sus buenos modales. La señora Lerat, después de releer el artículo, declaró abiertamente que los hombres tenían el diablo en las piernas, y se negó a explicar más, satisfecha de aquella alusión picaresca que sólo ella comprendía. Francis acababa de levantar y anudar los cabellos de Nana. Saludó diciendo:

—Echaré una mirada a los periódicos de esta tarde… Como de costumbre, ¿verdad? ¿A las cinco y media?

—Traedme un tarro de pomada y una libra de bombones de casa Boissier —le gritó Nana a través del salón en el momento en que cerraba la puerta.

Al quedarse solas las dos mujeres recordaron que no se habían abrazado, y se besuquearon las mejillas. El artículo las abrumaba. Nana, medio dormida hasta entonces, se sintió arrebatada nuevamente por su triunfo. Vaya, ¡bonita mañana debía estar pasando Rose Mignon!

Como su tía no quiso ir al teatro porque, según decía, las emociones se le fijaban en el estómago, se puso a contarle toda la velada, emborrachándose con su propio relato, como si París entero se hubiera desmoronado bajo los aplausos. Luego, interrumpiéndose repentinamente, preguntó riendo si alguien se habría imaginado aquello cuando ella paseaba sus nalgas de mocosa por la calle de la Goutte d’Or.


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