Nana
Nana La señora Lerat meneó la cabeza. No, no, jamás se habría previsto. A su vez habló adoptando un tono serio y llamándola hija suya. ¿Acaso no era su segunda madre, ya que la verdadera había ido a reunirse con su papá y la abuela? Nana, muy enternecida, estuvo a punto de llorar, pero la señora Lerat repetía una y otra vez que el pasado, pasado estaba. ¡Oh, sucio pasado de cosas que no conviene remover cada día!
Hacía mucho tiempo que había dejado de ver a su sobrina porque en la familia la acusaban de perderse por la pequeña. Como si eso fuera posible, gran Dios. No le pedía ninguna confidencia y creía que siempre había vivido honradamente. Ahora, esto le bastaba, pues la encontraba en una buena posición y con buenos sentimientos hacia su hijo. Aún no había en este mundo nada como la honradez y el trabajo.
—¿De quién es ese niño? —dijo interrumpiéndose y brillando en sus ojos una gran curiosidad.
Nana, sorprendida, vaciló un segundo antes de contestar:
—De un señor.
—¿Sí, eh? Pues se decía que lo tuviste de un albañil que te zurraba. En fin, ya me contarás eso cualquier día, pues sabes que soy discreta. Lo cuidaré como si fuese el hijo de un príncipe.