Nana
Nana Había dejado su oficio de florista y vivía de sus ahorros: seiscientos francos de renta amasados céntimo a céntimo. Nana le prometió alquilarle un bonito alojamiento y le daría cien francos mensuales. Ante esta cifra, la tía se olvidó y gritó a su sobrina que los exprimiese, ya que los tenía en sus manos; hablaba de los hombres. Volvieron a besarse, pero Nana, en medio de su alegría y cuando volvía la conversación sobre Louiset, pareció entristecerse bruscamente por un recuerdo.
—¡Qué fastidio tener que salir a las tres! —murmuró—. Pero hay que trabajar.
En aquel momento entró Zoé para decir que la señora estaba servida. Pasaron al comedor, en donde una señora de edad ya estaba sentada a la mesa. No se había quitado el sombrero, vestía un traje oscuro de color indefinido, entre de pulga y ganso. Nana no pareció asombrarse de verla allí. Simplemente le preguntó por qué no había entrado en su habitación.
—Oí voces —respondió la anciana—, y pensé que estaba acompañada.