Nana

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La señora Maloir, dama de aire respetable y de buenos modales, servía a Nana de vieja amiga; le hacía compañía y salía con ella. La presencia de la señora Lerat pareció inquietarla en seguida, pero cuando supo que se trataba de una tía la miró con dulzura y una leve sonrisa. Mientras tanto, Nana, que dijo que tenía el estómago en los talones, atacó el plato de rábanos, comiéndoselos sin pan. La señora Lerat, muy ceremoniosa, no quiso rábanos porque, dijo, le producían pituitaria. Luego, cuando Zoé trajo las chuletas, Nana se dedicó a pellizcar la carne, contentándose con chupar los huesos. De vez en cuando miraba de soslayo el sombrero de su amiga.

—¿Es el sombrero nuevo que le regalé? —preguntó al fin.

—Sí, lo he reformado —murmuró la señora Maloir, con la boca llena.

El sombrero resultaba extravagante, abierto sobre la frente y adornado con una gran pluma. La señora Maloir tenía la manía de rehacer todos sus sombreros; sólo ella sabía lo que le sentaba mejor, y en un abrir y cerrar de ojos hacía del más elegante sombrero el más horrible gorro. Nana, que precisamente le había comprado aquel sombrero para no avergonzarse de ella cuando salían juntas, estuvo a punto de enfadarse, y le gritó:

—Por lo menos quíteselo.


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