Nana
Nana —No, gracias —respondió la vieja dignamente—. No me molesta; puedo comer muy bien con él.
Después de las chuletas, hubo coliflor y una sobra de pollo frío. Pero Nana, a cada nuevo plato, hacía una ligera mueca, tosía, olfateaba y lo dejaba. Al final comió un poco de mermelada.
Los postres se prolongaron. Zoé no quitó el mantel para servir el café. Las señoras se limitaron a apartar los platos. No hacían más que hablar de la hermosa velada de la víspera. Nana se liaba los cigarrillos y fumaba balanceando la silla.
Y como Zoé se había quedado allí, apoyada en el aparador y con los brazos caídos, se le ocurrió pedirle que contase su vida. Dijo que era hija de una buena mujer de Bercy, que tuvo muy poca suerte. Primero había entrado en casa de un dentista, luego en casa de un agente de seguros, pero aquello no marchaba, y en seguida citó con cierto orgullo a las señoras a quienes sirvió como doncella. Zoé hablaba de ellas como si hubiera tenido sus fortunas en sus manos. Lo seguro era que más de una habría tenido graves disgustos de no ser por ella. Así ocurrió un día en que la señora Blanche estaba con el señor Octave, y apareció el viejo. ¿Qué hizo Zoé? Fingió desmayarse en medio del salón, el viejo se precipitó hacia ella, corrió a la cocina en busca de un vaso de agua, y el señor Octave pudo huir.