Nana
Nana —Muy bien, muy bien —exclamó Nana, que la escuchaba con interés y una especie de sumisa admiración.
—Yo también he tenido muchas desgracias… —empezó a decir la señora Lerat.
Y acercándose a la señora Maloir le hizo algunas confidencias mientras la una y la otra se comÃan terrones de azúcar mojados en coñac. Pero la señora Maloir recibÃa los secretos de los demás sin decir nunca ninguno suyo. Se decÃa que vivÃa de una pensión misteriosa, en una habitación donde no entraba nadie.
De repente, Nana gruñó:
—TÃa, no juegues con los cuchillos… Ya sabes que eso me pone nerviosa.
La señora Lerat, sin darse cuenta, acababa de poner dos cuchillos en cruz sobre la mesa. Por otro lado, la joven negaba que fuese supersticiosa. Asà pues, la sal derramada no significaba nada, como tampoco los viernes, pero los cuchillos eran algo más fuerte, y aquello jamás fallaba. Con seguridad le sucederÃa algo desagradable. Bostezó, y después, con gesto de aburrimiento, exclamó:
—¡Las dos ya! Es preciso que salga. ¡Qué aburrimiento!