Nana
Nana Las ancianas se miraron. Las tres mujeres menearon la cabeza sin hablarse. Lo cierto era que aquello no siempre resultaba divertido. Nana se recostó nuevamente sobre el respaldo, encendiendo un cigarrillo, mientras las otras se mordían los labios discretamente, con su cauta filosofía.
—Mientras la esperamos jugaremos una báciga —dijo la señora Maloir al cabo de un momento de silencio—. ¿La señora juega a la báciga?
¡Claro que la señora Lerat jugaba, y a la perfección! No había que molestar a Zoé, que había desaparecido; una esquina de la mesa bastaba, y se levantó el mantel por encima de los platos sucios. Pero cuando la señora Maloir iba a coger las cartas de un cajón del aparador, Nana dijo que le agradecería que antes de ponerse a jugar le escribiese una carta. A ella le fastidiaba escribir, pues no estaba segura de su ortografía, y, en cambio, su anciana amiga redondeaba unas cartas llenas de sentimiento. Corrió a buscar un buen papel a su dormitorio. Puso sobre la mesa un tintero y una botella de tinta de tres cuartos, con una pluma oxidada. La carta era para Daguenet. La señora Maloir escribió con su bonita letra inglesa: «Mi querido amor», y en seguida le advertía que no fuese al día siguiente, porque «no podía ser», pero «tanto lejos como cerca, en todos los momentos, no pensaba más que en él».
—Y termine «con mil besos» —murmuró.