Nana
Nana La señora Lerat había aprobado cada frase con un movimiento de cabeza.
Sus ojos centelleaban, la encantaba intervenir en asuntos del corazón. Y quiso poner algo del suyo, por lo que con voz tierna añadió:
—Mil besos en tus hermosos ojos.
—Eso es. Mil besos en tus hermosos ojos —repitió Nana, mientras una expresión beatífica pasaba por los rostros de las dos ancianas.
Llamaron a Zoé para que bajase la carta a un recadero. Precisamente ella estaba hablando con el mozo del teatro, que traía a la señora un boletín de ensayo, olvidado por la mañana. Nana hizo entrar al hombre y le encargó que llevase la carta a casa de Daguenet cuando regresara. Después le interrogó. ¡Oh! el señor Bordenave estaba muy contento, pues ya había vendido todas las localidades para ocho días; la señora no podía imaginarse la cantidad de personas que habían pedido su dirección aquella mañana.
Cuando el mozo se marchó, Nana dijo que estaría fuera un poco más de media hora. Si llegaban visitas, Zoé las haría entrar. Mientras hablaba, sonó el timbre. Era un acreedor: el alquilador de coches; se había instalado en el banquillo de la antesala. Allí podía rascarse hasta la noche; no tenía prisa.