Nana
Nana —¡Vamos, ánimo! —dijo Nana, entorpecida por la pereza, bostezando y estirándose de nuevo—. Ya deberĂa estar allĂ.
Pero no se movĂa. SeguĂa el juego de su tĂa, que acababa de anunciar cien de ases, la barbilla sobre la mano, se abstraĂa. Pero tuvo un sobresalto al oĂr que daban las tres.
—¡Por Dios! —exclamó con ordinariez.
Entonces la señora Maloir, que contaba las bazas, la animó con su voz meliflua:
—Hija mĂa, serĂa mejor que se desembarazase de su encargo cuanto antes.
—Date prisa —dijo la señora Lerat barajando las cartas—. Tomaré el tren de las cuatro y media, si estás aquà con el dinero antes de las cuatro.
—No será cuestión de mucho tiempo —murmuró Nana.
En diez minutos ZoĂ© la ayudĂł a vestirse y a ponerse un sombrero. Le daba igual presentarse mal arreglada. Cuando se disponĂa a bajar oyĂł otra vez el timbre. Ahora era el carbonero. ¡Muy bien! le harĂa compañĂa al alquilador de coches, y asĂ se distraerĂan, pero temiendo una escena, atravesĂł la cocina y se escapĂł por la escalera de servicio, lo que hacĂa con frecuencia, y siempre para salir corriendo.