Nana
Nana —Cuando se es buena madre, todo se perdona —sentenció la señora Maloir, al quedarse sola con la señora Lerat.
—Tengo ochenta de reyes —respondió ésta, a quien apasionaba el juego.
Se empeñaron en una partida interminable.
La mesa no habÃa sido recogida. Una espesa niebla flotaba en el comedor con las emanaciones del almuerzo y la humareda de los cigarrillos. Las señoras habÃan vuelto a comer terrones mojados en coñac.
HacÃa veinte minutos que jugaban cuando sonó por tercera vez la campanilla. Zoé entró bruscamente y las empujó como si fuesen compañeras.
—Vamos, que aún llaman. No pueden quedarse aquÃ. Si viene mucha gente, necesitaré todo el piso. ¡Vamos, arriba, arriba!
La señora Maloir querÃa terminar la partida, pero Zoé hizo ademán de coger las cartas, y decidió levantar el juego sin mezclar las bazas, mientras la señora Lerat recogÃa la botella de coñac, los vasos y el azúcar, y se fueron a la cocina, donde se instalaron en una esquina de la mesa, al lado de las cacerolas que se secaban y el lebrillo, todavÃa lleno de agua de fregar.
—HabÃamos dicho trescientas cuarenta… Ahora usted.
—Juego corazón.