Nana
Nana Cuando Zoé regresó las encontró absortas en el juego. Al cabo de un silencio, cuando la señora Lerat barajaba, la señora Maloir preguntó:
—¿Quién ha venido?
—Bah, nadie —respondió la criada con indiferencia—. Un jovencito… Iba a echarlo, pero es tan guapo y sin vello en la cara, con ojos azules y rostro de niña, que le he dicho que espere. Trae un gran ramo de flores, pero no me lo ha querido dar. Aún está para que le den unos azotitos. ¡Un enamorado que deberÃa estar en el colegio!
La señora Lerat se levantó a buscar una jarra de agua para hacerse un grog; el coñac y el azúcar le habÃan sentado mal. Zoé dijo que ella también se tomarÃa uno. TenÃa, dijo, la boca amarga como la hiel.
—Entonces, ¿lo ha dejado? —preguntó la señora Maloir.
—Claro. Está en el gabinete del fondo, en el cuartito que no está amueblado. No hay más que una maleta de la señora y una mesa. Allà es donde alojo a los novatos.
Y se azucaraba su grog cuando la campanilla eléctrica la sobresaltó. ¡Por todos los diablos! ¿Es que no la dejarÃan beber tranquilamente? Aquello prometÃa, si la campanilla sonaba tanto. Se apresuró a ir a abrir, y al volver, viendo que la señora Maloir la interrogaba con la mirada, dijo: