Nana
Nana —Nada, un ramillete.
Las tres se refrescaron, brindando con un movimiento de cabeza. Sonaron, uno tras otro, dos nuevos timbrazos mientras Zoé levantaba la mesa y llevaba los platos al fregadero. Pero aquello no era serio. Iba y volvÃa de la cocina y repitió por dos veces su frase desdeñosa:
—Nada, un ramillete.
Sin embargo, las señoras, entre dos jugadas, tuvieron que reÃrse al oÃrle contar la cara que ponÃan los acreedores de la antesala a cada llegada de un nuevo ramo de flores. La señora encontrarÃa los ramos en su tocador. ¡Lástima que aquello fuese tan caro y luego no pudiera sacarse ni un ochavo! Que todo era dinero perdido.
—Yo —dijo la señora Maloir— me contentarÃa con lo que en ParÃs los hombres gastan cada dÃa en flores para las mujeres.
—Ya lo creo; no pide nada —murmuró la señora Lerat—. Sólo con el dinero gastado en hilo… Querida, sesenta de damas.