Nana
Nana Eran las cuatro menos diez. Zoé se asombraba y no comprendía cómo la señora permanecía tanto tiempo fuera. Por lo general, cuando la señora se veía obligada a salir por la tarde, despachaba muy prontamente. Pero la señora Maloir aseguró que no siempre una podía arreglar las cosas a medida de su antojo. Cierto, siempre había tropiezos en la vida, decía la señora Lerat. Lo mejor era esperar si su sobrina se retrasaba, debía ser porque sus ocupaciones la retenían. ¿No es cierto? Además, allí no estaban mal. Se pasaba bien en la cocina. Y como no tenía corazones, la señora Lerat jugó tréboles. La campanilla volvía a sonar. Zoé reapareció entusiasmada.
—¡Amigas, el gordo Steiner! —dijo desde la puerta, bajando la voz—. A ese lo he metido en el saloncito.
Entonces la señora Maloir habló del banquero a la señora Lerat, que no conocía a aquellos señores. ¿Acaso estaba a punto de abandonar a Rose Mignon? Zoé meneaba la cabeza, porque sabía sus cosas. Pero nuevamente tuvo que ir a la puerta.
—Bueno, ¡una sorpresa! —murmuró al volver—. Aquí está el negrillo. Me he cansado de decirle que la señora ha salido, pero se ha instalado en el dormitorio… No le esperábamos hasta la noche.