Nana

Nana

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A las cuatro y cuarto Nana aún no había vuelto. ¿Qué podía hacer? Era absurdo. Trajeron otros dos ramos de flores. Zoé, aburrida, miró si quedaba café. Sí, aquellas señoras acabarían bebiendo café, y eso las despertaría. Se estaban durmiendo, repantigadas en sus sillas y cogiendo continuamente cartas del montón, mecánicamente. Dio la media. Decididamente le había sucedido algo a la señora. Cuchichearon entre sí.

De repente, la señora Maloir, olvidándolo todo, anunció con voz estentórea:

—¡Tengo las quinientas! ¡Quinta mayor de triunfos!

—¡Cállese! —le rugió Zoé iracunda—. ¿Qué van a pensar esos señores?

Y en el silencio que reinó, en el murmullo sofocado de las dos viejas que discutían, se oyeron unos pasos que subían con rapidez la escalera de servicio. Al fin llegaba Nana. Antes de que abriese la puerta se escuchó su resuello. Entró acalorada y bruscamente. Su falda, cuyos tirantes debieron romperse, limpiaba los peldaños, y los volantes se habían empapado en un charco, lavazas tiradas seguramente de algún piso cuya criada sería un modelo de suciedad.

—Vaya, ¿ya estás aquí? Es una suerte —exclamó la señora Lerat, mordiéndose los labios, todavía molesta por las quinientas de la señora Maloir—. Puedes presumir de que haces esperar a la gente.


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