Nana
Nana —Verdaderamente, la señora no es juiciosa —añadió Zoé.
Nana, que ya estaba disgustada, se irritó más aún con aquellos reproches. ¿Era asà como la acogÃan después de las necedades que acababa de soportar?
—¡Dejadme en paz! —gritó.
—No levante la voz, señora —le pidió la doncella—. Hay gente esperando.
Entonces Nana preguntó en voz baja:
—¿Creen que me he estado divirtiendo? Aquello no acababa nunca. Me habrÃa gustado verlas… Estaba rabiosa y tenÃa ganas de emprenderla a bofetadas… Y ni un mal coche para volver. Afortunadamente, está a dos pasos de aquÃ.
—¿Tienes el dinero? —preguntó la tÃa.
—¡Vaya pregunta! —respondió Nana.
Se habÃa sentado en una silla, contra el hornillo, las piernas molidas por la carrera, y sin recobrar el aliento se sacó del corsé un sobre en el que habÃa cuatro billetes de cien francos. Los billetes se veÃan por la abertura que habÃa hecho violentamente con el dedo para asegurarse de que estaban. Las tres mujeres, alrededor suyo, miraban fijamente el sobre, arrugado y sucio, en sus pequeñas manos enguantadas. Como ya era demasiado tarde, la señora Lerat no irÃa a Rambouillet hasta el dÃa siguiente. Nana se puso a dar muchas explicaciones.