Nana

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—Señora, hay gente esperándola —repitió la doncella.

Pero la joven se exaltó nuevamente. La gente podía esperar hasta que hubiese despachado sus asuntos. Y al ver que su tía alargaba la mano hacia el dinero, dijo:

—No, todo no. Trescientos francos para la nodriza y cincuenta para tu viaje y tus gastos, son trescientos cincuenta. Yo me quedo con cincuenta.

La dificultad estuvo en encontrar el cambio. No había ni diez francos en la casa. Se dirigieron a la señora Maloir, que escuchaba sin poner atención, pero sólo tenía el dinero para el ómnibus. Entonces Zoé dijo que iba a buscar en su bolso, y volvió con cien francos en monedas. Los contaron en un ángulo de la mesa. La señora Lerat se marchó inmediatamente, después de prometer que traería a Louiset al otro día.

—¿Dices que hay gente? —preguntó Nana, sin levantarse, descansando.

—Sí, señora; tres personas.

Y nombró primeramente al banquero. Nana hizo una mueca. Si ese Steiner creía que la engatusaría por haberle arrojado un ramillete la víspera…

—Además, ya tengo bastante. No recibiré a nadie. Ve a decirles que no me esperen.


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