Nana
Nana —Piénselo la señora y reciba al señor Steiner —murmuró Zoé sin moverse, seria y molesta al ver a su patrona a punto de cometer una necedad.
Luego habló del valaco, que debÃa empezar a cansarse en el dormitorio.
Entonces Nana se irritó de verdad. A nadie, no querÃa ver a nadie. ¿Quién demonios le habÃa echado un hombre tan pegajoso?
—Échalos a todos, voy a jugar una báciga con la señora Maloir. Prefiero eso.
La campanilla le cortó la palabra. Era el colmo. ¡Otro pelmazo! Prohibió a Zoé que abriese la puerta, y ésta, sin hacerle caso, salió de la cocina. Cuando volvió, dijo con voz autoritaria mientras alargaba dos tarjetas de visita:
—Les dije que la señora recibÃa. Estos señores están en el salón.
Nana se levantó rabiosa. Pero los nombres del marqués de Chouard y del conde Muffat de Beauville en las tarjetas la calmaron. Después de unos segundos preguntó:
—¿Quiénes son? ¿Les conoces?
—Conozco al viejo —respondió Zoé mordiéndose los labios de manera discreta.
Y como su patrona continuase interrogándola con la mirada, añadió con sencillez:
—Le he visto en algún sitio.