Nana
Nana Estas palabras parecieron decidir a la joven. Abandonó la cocina con pena, pues era un refugio tibio en el que podía charlar y abandonarse y sentir el olor del café que se calentaba. Dejó a la señora Maloir, que ahora hacía solitarios; aún no se había quitado el sombrero, y para estar más cómoda había desatado las cintas, echándoselas hacia atrás.
En el tocador, donde Zoé la ayudaba a ponerse con rapidez el peinador, Nana se vengaba de las molestias que le causaban los hombres dedicándoles los más gráficos insultos, y sus palabrotas apenaban a la doncella, porque veía con desagrado que la señora aún no se desprendía de sus principios. Incluso se atrevió a rogarle que se tranquilizase.
—¡Ah, no! —respondió Nana crudamente—. ¡Son unos cerdos! No quieren más que eso.
A pesar de todo, adoptó sus aires de princesa, como ella decía. Zoé la había contenido en el momento en que se dirigía hacia el salón, y ella misma introduciría en el tocador al marqués de Chouard y al conde Muffat. Eso sería mejor.
—Señores —dijo Nana con una cortesía estudiada— siento haberles hecho esperar.