Nana
Nana Los dos hombres saludaron y se sentaron. Un cortinaje de tul bordado mantenĂa el gabinete a media luz. AquĂ©lla era la pieza más elegante del piso: tapizada con tela clara, tenĂa un gran tocador de mármol, y una cornucopia, un diván y sillones de raso azul. En el tocador habĂa los ramos de rosas, de lilas y de jacintos, como un hacinamiento de flores que esparcĂa un perfume penetrante y fuerte, mezclado con el olor de algunas briznas de pachulĂ seco, desmenuzadas en el fondo de una copa. Y Nana, arreglándose su peinador mal ajustado, parecĂa haber sido sorprendida mientras se arreglaba, todavĂa con la piel hĂşmeda, sonriendo azorada en medio de sus blondas.
—Señora —dijo gravemente el conde Muffat— nos excusará que hayamos insistido… Nos trae una colecta… El señor y yo somos miembros del Comité de Beneficencia del distrito.
El marqués de Chouard se apresuró a añadir, con acento galante:
—Cuando nos informaron de que una gran artista vivĂa en esta casa, nos prometimos recomendarle nuestros pobres de una manera especial… El talento no está reñido con el corazĂłn.